Saquen una hoja
La voz del profesor Rosetti, hizo eco en los altos techos del edificio escolar, los pupitres separados por evidente distancia, el aire espeso que siempre acompaña a esas tres odiosas palabra.
El temblequeo en mi mano derecha, la prolijidad extrema al sacar cada útil necesario para el desarrollo de la evaluacion: la escuadra, la goma, soberana Parker que me regaló mi abuelo Antonio antes de su jubilacion, multiples colores para el correcto subrayado del titulo y el lapiz negro.
Inolvidable lápiz negro que desencadenó la angustia en mis ojos al descubrir que tenia la punta desafilada, la desesperacion al desahuciarme buscando el sacapuntas extraviado en la cartuchera color verde manzana; manos pequeñas enredandose desesperadas en la aventura imposible de encontrar lo que no está. Imperdonable olvido del objeto en la mesa del comedor de casa. ¿Cómo explicarle a Rosetti mi estado? ¿Cómo juntar coraje y levantar la mano, haciendo que mi voz se escuche en el silencio fúnebre del aula?
Me sentí sola y pequeña, casi recien nacida, sin animos, con la certeza de que el final estaba cerca, el llanto debil contenido.
Miré lentamente a mi alrededor. A la izquierda, la pared del aula blanca, un tanto decuidada, destruida por el paso del tiempo, descascarándome como mi almita joven, apoyé en ella mi cabeza y desde ahi miré hacia la derecha. ¡Mis ojos se iluminaron, la vida entera cobró sentido nuevamente, la salvacion estaba tan solo a unos centimetros! Ahi, com mirandome contento estaba un hermoso sacapuntas de metal, impoluto, nuevito, casi con brillo a lustre, apoyado nel pupitre limido de Mariana Martinez Cantilo, preciosa compañera, "rubia por dentro y por fuera" como solia decirle Rosetti.
No éramos buenas amigas, pero ella iba a saber entender mi desesperada angustia, estaba proxima a erguirse coo salvadora de los desvalidos, como redentora de todos mis pecados, como esperanza sublime del mar de mis penas... Sería mi amiga etrna por el resto de mis dias, mi confidente, mi par, mi complice de aventuras por los siempres de los siempres...
Junté toda mi valentía y con la voz quebrada me acerqué casi imperceptible hacia su hombro.
-Maru... ¿Me prestas el sacapuntas?
-No, mi mamá no me deja.
Fin
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